Triunfo del tricolor en un mundial sin mexicanos
SLP.- La imponente estructura del coloso de Valle Dorado destacaba bajo un cielo impecable. El clima marcaba 28 grados, pero a ras de suelo se sentía un calor infernal. Desde las alturas se apreciaba cómo avanzaba una marea verde rodeando el inmueble, la cual poco a poco iba tomando forma, vendedores de playeras —donde sobresalía la mítica indumentaria psicodélica del guardameta acapulqueño, Jorge Campos—, junto a comerciantes de gorras, banderas, trompetas preparadas para el ruido y el siempre presente puesto de tortas alimentando a los asistentes.
Tras la clásica revisión de rutina, la realidad política se estrellaba de frente contra los asistentes: personas de la organización operaban repartiendo camisas de la selección nacional sutilmente marcadas con el número 27. ¿Acaso será un guiño al partido en el poder rumbo a las elecciones del próximo año?.
El folclor estaba en el aire. Personas portando el penacho azteca caminaban entre aficionados enmascarados de Blue Demon, La Parka y el Doctor Wagner; luchadores que, en un país al borde del abismo, recordaban el lema de “Cero Miedo” como una ironía dolorosa.
Mientras el mariachi tocaba «Negrita de mis pesares» y la gente disfrutaba, los funcionarios caracterizados se acomodaban para la foto. Una vez hecho el corte del listón inaugural, arrancaba la gran fiesta del futbol.
Al entrar a la zona de tribunas, el sol caía como plomo. La gente se resguardaba con lo que podía: sombrillas, la propia estructura del estadio, sombreros y hasta una que otra mexicanada. El infierno del calor era parejo; incluso los mismos elementos de seguridad tuvieron que recurrir a cajas de cartón para cubrirse del sol.
El reloj marcaba la una de la tarde y el canto a una sola voz del Himno Nacional se hizo escuchar. Es el milagro de la distracción colectiva masiva: un país con más de 130 mil desaparecidos y una herida abierta que sangra todos los días, de pronto se olvida de todo durante noventa minutos por una transmisión de televisión. Somos parte de la gran fiesta del fútbol, sí; una fiesta donde los boletos son un insulto impagable para el ciudadano promedio que sobrevive con el salario mínimo, y donde incluso los dueños de palcos de los estadios fueron convertidos en extraños no bienvenidos en sus propiedades.
En la tribuna las masas deliraban. Había gente con playeras de las Chivas, del América y del Cruz Azul, pero hoy no había rivalidad en la cancha. El lente capturaba postales generales de familias completas, niños emocionados comiendo frituras y compartiendo en las gradas. Algunos aficionados veían atentos la pantalla, a otros poco les interesó y mantenían su mirada fija en el celular, y otros tantos discutían las jugadas como directores técnicos. Un sujeto, tras darle un trago a su cerveza, le lanzaba insultos al árbitro de la pantalla: «¡Esa no era!», exclamó, como si el silbante pudiera escucharlo a cientos de kilómetros.
La emoción del casi gol pasó a la preocupación en un segundo. Entonces ocurrió: transcurría el minuto nueve y una presión alta del equipo tricolor provocaba el error de los Bafana Bafana. Quiñones ingresó al área y desde el manchón penal disparó para vencer al portero sudafricano. Y los extraños se abrazaron, rieron y lloraron como si de hermanos de otra madre se tratara.
Por un instante el calor ya no importaba; la delincuencia, las manifestaciones que fueron reprimidas en la capital y las 7 millones de personas que viven en pobreza extrema en México, no importaban: el gol lo borraba todo. La distracción colectiva funcionaba a la perfección, en palabras de Eduardo Galeano: una pasión capaz de suspender la razón y desbordar emociones que fuera de la cancha serían impensables.
Los asistentes disfrutaron del medio tiempo bailando al ritmo de Vagón Chicano mientras gritaban al unísono: ¡MÉ-XI-CO!
Cuando el árbitro pitó el final, los asistentes cansados, asoleados y empapados de patriotismo comenzaron a salir de las inmediaciones del estadio, felices porque la fiesta más grande del fútbol ya despertó en San Luis Potosí. Sin embargo, la ciudad va a despertar mañana con los mismos problemas sociales, los mismos baches y el mismo olvido… pero felices porque los tres puntos se quedaron en casa.
Por: Osvaldo Martínez


















